Hace unos años, en mi ciudad –Barcelona- se produjo un crimen en un parking. Cuando se estaba investigando dicho crimen, el alcalde declaró a un periódico que “hay cierto nivel de profesionalidad -del autor- que hace que la cosa sea más compleja de lo que sería deseable”. También, en algunas informaciones sobre robo de pisos en Barcelona, los autores habían sido calificados por los medios de comunicación como profesionales por su pericia en la realización del delito.

Creo que estos comentarios no son más que el reflejo de una convicción cada vez más arraigada en nuestra cultura y que obliga a replantear la pregunta sobre qué entendemos hoy por profesionalidad. ¿Pueden caer bajo la misma denominación los asesinos, los abogados, los ladrones, los médicos, y así sucesivamente? ¿Por qué nuestra sociedad y, no lo neguemos, los mismos profesionales parece que se encuentran cómodos y no reaccionan ante afirmaciones de este tipo?

En mi opinión, lo que subyace a este planteamiento es la idea de que un profesional es alguien técnicamente competente que pone dicha competencia al servicio de fines –fines que no tiene sentido discutir ni cuestionar- a cambio de la correspondiente remuneración. Así pues, la competencia técnica se justifica por sí misma, con independencia de los fines a los que sirva. Hacer “bien” algo es independiente del bien o del mal que se causa con esta actuación. Se evalúa la corrección del procedimiento y no el bien inherente a aquella práctica. Así pues, un asesino (y más aún, supongamos, en el caso de un asesino a sueldo) que elimina a alguien y consigue escapar a la justicia sería un excelente profesional.
El profesor Goodpaster ha propuesto que se considere la existencia de una enfermedad que puede ser típica de profesionales y organizaciones. La denomina teleopatía, y podríamos definirla como una obsesión acrítica por la orientación a objetivos o laobtención de resultados. La teleopatía supone suspender cualquier tipo de juicio o de criterio ajeno a la obtención de resultados, resultados que se establecen exclusivamente desde la perspectiva de quien se propone obtenerlos. Ya no se trata de la clásica separación de medios y fines, sino de considerar injustificada e irrelevante cualquier apelación aloscriterios inherentes al ejercicio de cualquier actividad. Desde este enfoque es posible plantear que existen diversas maneras de entender el significado del éxito profesional o corporativo, y que algunas de ellas pueden ser consideradas enfermizas desde el punto de vista personal y social. Aquí conviene, pues, no olvidar que el significado y el sentido del éxito no es único ni unívoco, sino que es una construcción social y moral. Y esta construcción depende tanto de cómo se defina internamente el éxito por parte de los profesionales como del tipo de reconocimiento y legitimación social que éstos obtengan. Hablar de teleopatía, pues, nos permite plantear que el mal y la irresponsabilidad podrían ser un componente íntrínsecamente asociado a determinadas visiones del éxito profesional y corporativo. Al fin y al cabo, el éxito no es una cuestión de resultados ni de datos que tengan valor por sí mismos, sino una configuración cultural que modela actitudes y prácticas, y que da orientación y sentido a nuestras actuaciones.
Me parece que lo que subyace a esta cuestión es una absolutización fraudulenta de la libertad de elegir. El fraude se produce cuando, en nombre de dicha libertad, se concluye que no es posible discutir el contenido de las elecciones concretamente realizadas, como si criticarlas ya cuestionara a la misma posibilidad de elegir. Como si criticar la elección realizada atentara contra la libertad de elección, del mismo modo que a veces parece que discutir una opinión se convierta en un atentado contra la libertad de expresión. Esta renuncia a debatir públicamente sobre los fines y valores implícitos en nuestras actuaciones facilita, en los contextos profesionales y organizativos, que la obtención de resultados adquiera un valor normativo que desresponsabiliza al sujeto que los obtiene. Y más aún si dicho sujeto se ve a sí mismo como un simple engranaje de un proceso o de una organización que escapan a su control. El “buen” profesional pasa a ser considerado como un contenedor de sofisticadas competencias técnicas, pero instrumentalizado por el proceso, la empresa o el cliente al que sirve. Y, consiguientemente, quien sea altamente competente y eficiente en la consecución de sus objetivos (cualesquiera que estos sean) puede ser legítimamente calificado como profesional. También un asesino. Da igual el color del gato, el caso es que cace ratones. Con otras palabras: determinadas apologías de la profesionalidad apuntan directamente a la disolución de las preguntas éticas y valorativas, y a reducirlas a una simple cuestión técnica e instrumental.
No pongo en duda que un profesional es alguien experto y competente en el ejercicio de alguna actividad. Faltaría más. Pero dicha actividad se define y se justifica por su contribución a la sociedad y por los bienes que genera a quienes se benefician de su ejercicio. Y, probablemente, también se justifica por su integración en un itinerario personal que sea capaz de situar una carrera profesional en su contexto social. Quizá no estaría mal abrir un debate sobre a qué consideramos un “buen” profesional. Entre otras cosas, porque según cuál sea el resultado de dicho debate, deberíamos empezar a desconfiar de aquellos que se definen a sí mismo únicamente como profesionales.
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