Quienes seguimos esa cosa llamada “transformación digital” vemos día sí y día también cómo se lanzan mensajes de que estamos llegando a la tierra prometida. Un lugar donde nada será como antes, donde florecen nuevas oportunidades de negocio por doquier. Y hay que estar ahí, en los tacos de salida para aprovechar el momento. Si decidiste meter la cabeza bajo tierra y optar por una postura reactiva, el futuro te pinta negro.

El buenrollismo tecnológico se ha disparado con la Internet de las cosas. El futuro va a explotar no ya como lo hizo cuando irrumpieron las redes sociales y pasamos de unos pocos frikis con blogs a millones de ciudadanas y ciudadanos en Facebook, Twitter e Instagram. No, eso se va a quedar corto en cuanto a volumen. Los números de la Internet de las cosas son de otra galaxia. Tu razonamiento “lógico” no podrá abarcar lo que se avecina. La curva exponencial será monstruosa. En resumen, la promesa es: (casi) todo conectado con (casi) todo.

¿Y qué salimos ganando los simples humanos? En el fondo lo que nos interesa es calidad de vida. Pero, ¿más y más chismes requeteconectados nos proporcionan mayor calidad de vida? Habrá casos en que el progreso sea palmario. Pero los nubarrones no se alejan. Nos vamos a ver afectadas de tal forma que tendremos que reformular lo que hemos entendido por ética. Así que, el asunto está claro: saldremos ganando y perdiendo, como suele pasar con casi todo en la vida.

Mientras, el negocio de la transformación digital puede galopar desbocado y convertirse en burbuja. El sentido común, ese compañero de viaje tan necesario, se arrincona para dirigir los focos al negocio que hay detrás. Tecnologías que prometen Eldorado y que luego necesitan a los simples humanos que somos quienes tenemos que lidiar con nuevas prácticas sociales. Las curvas de asimilación mostrarán hasta donde hacemos cuello de botella. Porque como humano sentirme sobrepasado me da coraje. No, no. Necesito entender.

En las empresas lo anterior tiene que ver con gestión, con cultura, con actitudes preexistentes, con miedo a lo desconocido. La constante promesa de océanos azules encierra en muchos casos un tufo mesiánico que levanta automáticamente barreras de defensa. Por eso, aunque la tecnología vaya deprisa puede ser que las personas vayamos más despacio. Y fíjate que quizá no es malo parar un poco e ir más despacio. Sobre todo cuando la potencia sin control, como bien anunciaba Pirelli poniendo tacones a Carl Lewis, es más que evidente que no sirve de nada.

Fuente: http://goo.gl/0TPbPq

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