Me atrevo a afirmar, sin ninguna duda, que usted siente que tiene menostiempo libre a su disposición que el que considera que se ha ganado. No sólo eso, sino que probablemente piensa que en el pasado más o menos inmediato, sus padres o usted mismo podían disfrutar de un mayor tiempo de ocio cuando llegaban al hogar, a pesar de que en muchos casos sus cargas familiares y laborales eran mayores. No, no son imaginaciones suyas: efectivamente, este es un sentimiento compartido por muchas personas en los países occidentales.

Ya lo avisaba Andrew J. Smart, autor de El arte y la ciencia de no hacer nada(Clave Intelectual), en la entrevista que concedió a este diario: “Economistasmainstream como Keynes pensaban que hoy en día tendríamos una jornada laboral mucho más corta”. No hay que ser un lince para darse cuenta de que no ha sido así, y no sólo los avances tecnológicos no han reducido la jornada, sino que esta ha desbordado las ocho horas que pasamos en nuestro puesto de trabajo y nos ha obligado a estar continuamente pendientes del teléfono móvil y del correo electrónico.

Cuando tú gastas, en el fondo lo que estás gastando es tiempo de tu vida

Son muchas las teorías que ha intentado abordar el problema de esa sensación acuciante de que las 24 horas del día son pocas en las sociedades occidentales. Paradójica porque tenemos a nuestra disposición muchos más artilugios que nos permiten ahorrar tiempo –de electrodomésticos a aplicaciones informáticas, ¿recuerdan cuánto se tardaba en escribir, enviar y esperar respuesta de una carta?– y porque no es totalmente cierto que el tiempo de ocio del que disponemos se haya reducido. Un recomendableartículo publicado en The Economist recoge algunas de las teorías más célebres a tal respecto, y señala dos elementos esenciales en la ecuación: la percepción y la distribución.

Percepción

Si la jornada laboral no ha aumentado y si tenemos muchos más medios tecnológicos a nuestro alcance, ¿por qué nos sentimos como si nunca tuviésemos tiempo? El artículo propone una interesante visión de nuestra percepción del tiempo: lo que ha cambiado no es la cantidad de tiempo de que disponemos, sino cómo lo entendemos. Cada vez más, el tiempo es dinero, como explicaba José Mujica en su aparición en Salvados, el programa de Jordi Évole. En él, el presidente uruguayo recordaba que “cuando tú gastas, en el fondo lo que estás gastando es tiempo de vida que se te fue”. Y aunque en parte tenía razón –el tiempo es dinero– olvidaba una de las grandes paradojas del trabajo contemporáneo: el empleado no puede decidir de forma absolutamente libre trabajar un día dos horas menos y recibir menos dinero. Por lo tanto, debe gastar todo ese dinero que no necesita pero que obtiene de todas formas.

El tiempo libre ya no es una señal de estatus: ahora lo es estar siempre ocupados. (Corbis)

En el pasado, la relación entre tiempo y dinero no era tan acentuada. Sin embargo, desde el siglo XVIII, cuando empezó a medirse el tiempo con relojes, todo empezó a cambiar, y la hora trabajada empezó a cuantificarse de forma monetaria. Ello implica que una hora de nuestras vidas tenga un valor económico asociado, y cuando algo de repente resulta tan valioso que podemos cuantificarlo en dinero, nos parece mucho más escaso. Haga la prueba: averigüe cuánto vale su hora trabajada. Piense cuánto debe trabajar para hacer la compra, pagar su casa o darse un capricho. Qué agobio, ¿verdad?

Vivimos en un mundo en el que aceptamos dicha realidad, y ello nos obliga aoptimizar nuestro tiempo para no dejar de ganar dinero. Como recordaba una peculiar investigación realizada por el Consejo Británico, los madrileños caminan tres veces más rápido que los habitantes de Blantyre (Malaui), pero aún menos que los suecos. En definitiva, cuanto más avanzada tecnológica y socialmente es una sociedad, más rápido vive. El filósofo alemán Hartmut Rosa explicaba a El Confidencial que “el problema con las sociedades capitalistas modernas es que tienen que crecer e innovar no para alcanzar una meta, sino para perpetuar el statu quo”. Es lo mismo que ocurre al trabajador, que debe hacer cada vez más cosas para recibir la misma paga.

Estamos estresados por trabajar más tiempo y obtener más dinero para gastar en un tiempo de ocio que nos estresa porque no estamos trabajando

Una vez que el tiempo es dinero, nuestra vida se orienta a obtener más ingresos, puesto que entendemos que si podemos intercambiar algo tan obvio como el tiempo, que se nos es dado de forma natural, por dinero, podremos obtener servicios y bienes que mejoren nuestra vida. Una ganga. Por eso, recuerda el artículo, los trabajadores que cobran por horas suelen mostrar un mayor nerviosismo cuando no están trabajando o cuando deciden emplear su tiempo en otra actividad, por satisfactoria que esta sea. Al fin y al cabo, están decidiendo voluntariamente no ganar dinero, ¿no se sentiría usted también ansioso?

Es algo que ya sugirió hace décadas el Premio Nobel de Economía Gary Becker, fallecido en 2014. El hombre que aplicó los principios macroeconómicos a las relaciones personales señalaba que cuando un empleado recibe un sueldo mayor, al contrario de lo que podría dictar la lógica, tiende a trabajar más horas, puesto que su tiempo vale más, y el coste de oportunidad de dedicarse a sus aficiones es mucho mayor. Al calcular los costes y beneficios de todas nuestras acciones, descubrimos que nuestro tiempo vale más que el oro.

La frontera entre el tiempo del trabajo y el de nuestra vida personal ha desaparecido

Ello influye de manera significativa en los hábitos de ocio del hombre moderno, y conforma los principios de la sociedad consumista. Puesto que el tiempo es escaso pero el dinero abunda (al menos en relación al mismo), la gente “tiende a consumir más bienes en una misma unidad de tiempo”. Ese coste de oportunidad del trabajo se extiende al ocio: si tan sólo disponemos de unas pocas horas a la semana para disfrutar, debemos elegir correctamente en qué gastamos nuestro tiempo (y las posibilidades son casi inifinitas). Otra de estas situaciones que no hacen más que generar ansiedad y que confirman que la pescadilla se muerde la cola: estamos estresados por trabajar más tiempo y obtener más dinero para gastar en un tiempo de ocio que nos estresa porque no estamos trabajando.

Distribución

Hasta hace relativamente poco, disponer de una gran cantidad de tiempo libre era una señal de estatus. Al fin y al cabo, los aristócratas vivían de sus rentas mientras que los campesinos primero y la mano de obra industrial más tarde se deslomaban de sol a sol para conseguir un mísero jornal. Sin embargo, en este momento, la situación ha cambiado de cabo a rabo. Ya no se trata únicamente de que los CEO de las grandes empresas se vanaglorien de lo poco que duermen y lo mucho que trabajan –como es el caso de Marissa Mayer, directora ejecutiva de Yahoo!–, sino que no hay más que echar un vistazo a sus hábitos de vida para comprobar cómo, a pesar de sus privilegios, trabajan más horas que sus empleados.

Los profesionales cualificados se sienten capaces de trabajar más horas, porque su tiempo vale más. (Corbis)

Una situación absolutamente opuesta a la de hace apenas unas décadas, en las que los obreros pasaban más horas en el andamio o la fábrica mientras que sus superiores vivían la buena vida. Sin embargo, el artículo recuerda que en un entorno laboral cada vez más lábil, uno de los grandes beneficios de ser un asalariado era tener una semana laboral predecible y muy poco expuesta a cambios repentinos. Actualmente, esta situación ha cambiado y no sólo los contratos de cero horas nos obligan a estar constantemente dispuestos, sino que la frontera entre el tiempo del trabajo y el de nuestra vida personal ha desaparecido.

Es el producto de los cambios del mercado laboral que aún están en marcha. El autor sugiere que, efectivamente, los trabajadores no cualificados pueden disponer de los viejos beneficios del tiempo libre pero a cambio de haber sacrificado muchas cosas: sueldos mucho más bajos, poca movilidad social y una situación de perpetua incertidumbre. Trabajan menos porque el coste de su trabajo es menor. Por el contrario, los trabajadores cualificados tienen más motivos para pasar más tiempo conectados a su empleo. Al fin y al cabo, han elegido cuál será su carrera, por lo que es más probable que estén haciendo lo que les gusta, y no sólo algo para pagar las facturas.

Si los ejecutivos son la fuerza más poderosa de América, ¿por qué no consiguen más de ese tiempo libre que parece tan preciado que el resto de personas?

Pero hay otra realidad más acuciante que explica por qué los trabajadores de nivel más alto aceptan trabajar durante más horas: la inestabilidad laboral ha llegado a todos los empleos, sobre todo después de la crisis de 2008. Por ello nadie quiere deshacerse de su puesto, y por esa misma razón, se debe demostrar que nuestro trabajo es valioso. El artículo recuerda que, debido a que en muchos casos es difícil cuantificar la productividad real en los trabajos del conocimiento, esta se muestra a través del presentismo, es decir, pasar más tiempo en la oficina simplemente para ser vistos. Así, el tiempo del trabajo nos parece aún más valioso, puesto que no sólo nos proporciona ingresos, sino que nos garantiza la estabilidad futura (o eso nos gusta creer).

En 1962, el científico político Sebastian de Grazia, autor de Of Time, Work and Leisure, escribió: “Si los ejecutivos son la fuerza más poderosa de América, ¿por qué no consiguen más de ese tiempo libre que parece tan preciado que el resto de personas?” Su reflexión es mucho más acuciante ahora, cuando el tiempo del que disponemos parece cada vez menor y de peor calidad, lo que conduce a un evidente empobrecimiento de nuestra existencia, en la que aquello de “vivir para trabajar” parece un axioma irrefutable.

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